Desde varios años atrás, pero con agravamiento después del pasado 21 de junio, el tema de la izquierda política colombiana ha estado en la boca de muchos actores de la vida social, política e institucional del país, comenzando con el interrogante sobre la caracterización precisa del término en el escenario político nacional. La pregunta generalizada ha sido, ¿qué es la izquierda? Porque el simplismo de la prensa en el ejercicio de su misión informativa, ha recurrido a usar indiscriminadamente el término, sin profundizar en el análisis histórico del mismo.
No se sabe si ese concepto se inscribe en el marco de la lucha de clases del siglo XIX, o se relaciona con la confrontación entre capitalismo y socialismo del siglo XX, ambos casos, ya abandonados por la historia, ante la realidad presente en el tercer decenio del siglo XXI, cuando existe otra modalidad de capitalismo con sus particularidades en las relaciones sociales de producción y en las fuerzas productivas, con otro tipo de Estado y expresiones diversas en el régimen político, además de otros patrones ideológicos, esta vez condicionados a la cultura de la postmodernidad.
De la misma manera, otros fenómenos sociales hacen protagonismo en este decenio, con formas de organización social que ya no se ajustan a las tradicionales burguesía y proletariado; el tema de los derechos que ha cogido mucha fuerza en el presente siglo y que ha gestado procesos sociales en campos temáticos diversos como el wokismo, el ambientalismo, la ideología de género, el feminismo, los movimientos étnicos y en general, elementos de la formación social, diferentes a los que ocurrieron hasta el año 2000.
En todo ese contexto, la izquierda tuvo la oportunidad histórica de introducir un esquema de gestión pública capaz de aliviar los efectos del modelo neoliberal, que durante tres decenios había sembrado el descontento social y acumulado la energía humana acompañada por la descomposición social que deterioró las condiciones de vida común. Pero no supo aprovecharla; pues caso contrario hubiera triunfado el candidato que prometía continuar las políticas de esta misma corriente.
Si bien el gobierno del cambio, como se le decía, no resultó lo esperado en materia de eficacia contra el neoliberalismo, tal vez porque le toco pagar el costo del aprendizaje y la sorpresa del triunfo en 2022, pero, principalmente, porque le faltó aplicar el ya viejo y trajinado concepto de estrategia, cayendo en un cúmulo de acciones sin columna vertebral, que terminó creando un desgaste fácilmente aprovechable por las fuerzas rivales.
Pero más grave que los factores de gobierno como parte del fracaso, aunque a nadie le gusta reconocer que ha fracasado y siempre se consuela afirmando que perder es ganar un poco, lo cierto es que la llamada Derecha regresó al gobierno, para completar en la Rama Ejecutiva el faltante en su estructura de poder de Estado, la que nunca perdió. Más grave, como anoté, fueron los errores, también estratégicos, en la campaña, que cometió el presidente Petro, la cúpula del Pacto Histórico, la dirigencia de la campaña y el mismo candidato Cepeda. Desde hace miles de años, los militares inventaron el concepto de estrategia, que a mediados del siglo pasado fue introducido en la organización empresarial para atender asuntos de competencia y rivalidad en el mercado, que ahora tiene vigencia cuando se trata de rivalizar y competir, no para aumentar las ventas en el mercado, sino para aumentar el caudal de votos a favor, navegando en un mar turbulento por los bajos niveles de la cultura política reinante, donde poco juega la conciencia y el bien común y pesa más el interés individual y el beneficio material.
El dogmatismo, la rigidez, el sectarismo, el aislacionismo, y otros patrones basados en el subjetivismo y la fidelidad a los principios tradicionales, que ya son anacrónicos frente a la realidad histórica presente, son los principales enemigos del enfoque estratégico para rivalizar y competir en el mercado electoral. La fidelidad y autenticidad más importante no debe ser con la propia cimentación ideológica, sino con los patrones mentales que determinan la conducta del elector, cuya decisión electoral se mueve más por la emotividad y el sentimiento cotidiano, que por los ideales de un discurso que no pasa de ser imaginario. El diario vivir es el principal motivo del comportamiento electoral; no importa su posición de clase social, sino los problemas que envuelven su hábitat y los medios a su alcance para solucionarlos. El hecho de ser pobre, no asegura el voto para la izquierda.
Ahora esta corriente política inicia una nueva etapa con miras a las elecciones territoriales de 2027 y a la presidencial de 2030 que, según el péndulo electoral latinoamericano, elegirá un gobierno de tendencia diferente al recién elegido; pero todo depende de que la oposición designe el candidato y realice la praxis aprovechando el DOFA del mercado electoral. En todo caso, esta nueva etapa tiene el gran reto histórico del alistamiento del país para afrontar el postglobalismo, que se vendrá después del desplome total del modelo neoliberal que ya está dando los últimos estertores en USA y Europa y que ocasionará el coletazo en el sur global pocos años después del golpe final, tal como ocurrió hace un siglo por esta misma época.
La lección debe quedar aprendida para todos los grupos y movimientos que no están alineados con el neoliberalismo, el tecnofeudalismo o el neofascismo. Es necesario una organización sólida y cohesionada con fundamentos democráticos de partido político, pero, principalmente, con dirigentes competentes y consecuentes con la realidad histórica, además de pragmáticos y flexibles frente al escenario electoral. La Izquierda requiere definir con precisión y claridad concreta, cual es su proyecto político y cuál es la ruta futura de largo plazo para lograr los objetivos bien definidos. El momento para los dirigentes debe ser el de asimilar el aprendizaje y corregir los errores, o el de hacerse a un lado para refrescar el liderazgo y que nuevos agentes del activismo político asuman la dirección del proyecto para que de esa manera se pueda resolver el drama de la izquierda colombiana.
El artículo del profesor, tocayo y amigo Miguel Ángel Cerón acierta en el diagnóstico de la crisis de la izquierda colombiana, desnudando su anacronismo y desconexión con la vida cotidiana. Su crítica a la falta de estrategia y la desmitificación del voto pobre son certeras, invitando al pragmatismo electoral. Sin embargo, el tratamiento propuesto adolece del dogmatismo que critica.
ResponderEliminarPrimero, tiene una visión simplista de la historia al descartar luchas de clases, ignorando que la concentración del poder económico persiste bajo el "tecnofeudalismo"; sin analizarlo, la izquierda solo aspira a cambiar gerentes del Estado. Segundo, es contradictorio al culpar al gobierno Petro solo de errores internos, omitiendo la guerra mediática y jurídica del establishment; el pragmatismo exige leer el tablero real y construir alianzas tácticas. Tercero, su llamado al "relevo generacional" es vacío si no detalla cómo construir institucionalidad y pedagogía desde el territorio.
En conclusión, escribe un epitafio certero para la soberbia discursiva, pero su receta militar de "vencer al enemigo" en el mercado ignora que gobernar requiere transigir con los contradictores. El verdadero reto no es ser menos izquierda, sino más inteligente para traducir la utopía en soluciones concretas sin perder la brújula ética.
Todo eso completa el drama
ResponderEliminarExcelente artículo estimado profesor.
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