Desde tiempos inmemoriales, se viene hablando de la ciencia de la administración pública, cuando se trata de los aspectos relacionado con la autoridad y el manejo de los asuntos de interés general, los cuales, como es fácil comprender, son tan antiguos como la misma especie humana, ya que, desde los primeros estadios de la civilización, cuando existía la organización social rudimentaria, siempre ha estado presente el ejercicio de la autoridad y la atención de las necesidades y problemas de interés para todos. Los sumerios, los hititas, asirios, caldeos y persas; y en América los aztecas, los mayas y los incas, ya trataban los temas que hoy llamamos de administración pública; y sin nombrar al extremo oriente y otras comunidades e imperios de las primeras civilizaciones.
Pero es a partir de los cameralistas en el siglo XVI, que es posible estudiar la Ciencia de la Administración, cuando se establecen las bases para la enseñanza de esta disciplina como ciencia autónoma. Luego, en el Siglo XVIII y complementario a la Revolución Francesa, surge Carlos Bonnin del que se dice que, junto con Von Stein en Alemania, son los fundadores de la Ciencia de la Administración Pública. Fueron quienes transformaron la ciencia de la Policía y las Ciencias Camerales, en lo que, desde entonces, conocemos como la ciencia de la administración pública, tema sobre el cual se han producido muchos comentarios, debates y enfoques, con planteamientos diversos sobre el papel del Estado y su relación con la sociedad, lo mismo que sobre el funcionamiento interno de este organismo, que, a partir del Estado Moderno, se divide en tres ramas donde el gobierno, junto con la administración pública, se convierten en el eje central de la operación del organismo, que también tiene las ramas legislativa y judicial.
En ese conjunto de posturas de pensadores, la diversidad muestra opiniones diferentes sobre qué es la administración pública, entre las que se encuentra que, para algunos, es una ciencia; para otros es un arte; para otros es una filosofía; para otros es una profesión o simplemente una técnica y hubo también quienes dijeron que esta disciplina no es una ciencia ni podía serlo. Pero en todos los casos, se refieren a un instrumento en manos del gobierno. En ese ejercicio conceptual se destaca inicialmente, los aportes de los europeos y más adelante, también los de Norteamérica a partir de la formación independiente de la república en Estados Unidos. José Juan Sánchez (2001)[1] hace una detallada narración de lo que fue el proceso histórico de la construcción del concepto acerca de esta ciencia, y destaca la conveniencia de considerar dos campos para examinar: por un lado, el objeto de estudio y por otro lado el estudio del objeto. Lo que se podría comparar con la separación del objeto de conocimiento y el proceso de conocimiento, en el que se inserta el método, a la luz de la epistemología de la era de la modernidad. Así mismo, el debate llevó a considerar el interrogante de si la administración pública es una disciplina de conocimiento, o es una actividad que encierra un conjunto de herramientas para resolver las necesidades de funcionamiento del gobierno. Simon (1979)[2] habló de analizar, si se trata de una ciencia aplicada o una ciencia pura.
Mientras permaneció el Estado Absolutista, como cuando estuvo presente el Cameralismo, el tema central estaba ubicado totalmente en el interior del gobierno, es decir, la administración pública se refería a los asuntos inherentes al manejo de los recursos necesarios para sostener al gobernante y financiar sus operaciones en el ejercicio del poder. Pero cuando nació el Estado Moderno, que se acompañó con un régimen político diferente, en este caso el régimen democrático, el manejo de los asuntos del gobierno se complementó con otro campo adicional dentro de todo el tema de la administración pública. Con ello también surgen otras disciplinas relacionadas, las cuales convergen en el manejo de los temas de beneficio común e interés general y que por lo tanto también corresponden al gobierno, como son el derecho, la ciencia política, la economía, la sociología, la historia y la psicología.
La Administración Pública en este caso, no solo se refiere a los aspectos internos del funcionamiento del Estado, sino que se ubica en la relación de éste con la sociedad, o sea aspectos externos al organismo. José Sánchez (2001) nos muestra una síntesis de las diferentes posturas de varios autores que concuerdan haciendo referencias a las relaciones Estado-Sociedad como eje de la Administración Pública. Entre ellos, destaca a Charles Debbasch, de quien dice que “encuentra una relación entre la administración pública y el campo de los asuntos públicos, como son los servicios que presta el aparato gubernamental a la sociedad” y lo cita señalando que:
“La administración pública es el aparato de
gestión de los asuntos públicos. Está constituida por el conjunto de servicios
públicos, cuya buena marcha permite la realización de objetivos definidos por
el poder político. Constituye la organización que se otorga todo grupo social
evolucionado. Es el instrumento de cohesión y de coordinación indispensable,
sin el cual la sociedad se desmorona. La administración, por naturaleza, está
subordinada a fines que le son externos. El papel de la administración, sus estructuras
y sus métodos dependen de la sociedad en que se encuentra inserta, de su medio
ambiente”[3].
También señala a Otto Mayer, Carlos Marx, Lorenzo Von Stein, Leonard White, Woodrow Wilson, Charles Debbasch, Charles Merrian y el latinoamericano Raimundo Amaro Guzmán entre otros, todos quienes de una u otra forma, hacen referencia a los temas que están por fuera del organismo y por lo tanto se ubican en la relación del Estado con la sociedad.
Se aprecia que los factores históricos han influido en la concepción de la administración pública y en los esfuerzos por examinar los requisitos epistemológicos para catalogarla como una disciplina científica. Aunque hubo consideraciones que negaron de manera tajante, que esta materia fuera una ciencia, como lo dijera R.S. Parker (1973) citado por Sánchez.
El tema se reviste de gran relevancia después de 1980, cuando llegó la ola de privatización de los bienes y servicios públicos y que puso en jaque el pensamiento que, históricamente, había sido el eje de la Administración Pública, o sea el manejo de los escenarios públicos. Cuando llegó la privatización, los pensadores se vieron envueltos en una compleja situación donde cambió el paradigma que durante siglos se había mantenido en la Administración Pública y la disciplina cayó en lo que llamaron la “crisis de identidad”.
Para entrar en el detalle del objeto de estudio, que debe tener esta disciplina como cualquier ciencia, es conveniente realizar un examen al significado etimológico de su nombre, el cual es similar en varios idiomas, como español, francés, italiano, portugués e inglés, y que se refiere al uso histórico del concepto que desde el imperio romano se utilizaba, por cuanto el origen proviene del latín. Según fuentes enciclopédicas, el término proviene del latín administratio, que a su vez se compone de las palabras ad y ministrare. Ad significa a, hacia, en movimiento; ministrare proviene de manus y trahere, donde manus, significa mano y trahere, es trae o utilizamos. Según Sánchez (2001), “Para los romanos la administratio, voz compuesta de ad (a, hacia) y ministrare (servir, cuidar) era la función de prestar un servicio a los miembros de la comunidad”. El elemento sustancial de la palabra lo constituye la voz ministrare, derivada del sustantivo minister y que se refiere a la persona que aporta el servicio. Para Mosher y Cimmino, citados por Sánchez, “administrar quiere decir dirigir, coordinar; al menos es la manifestación más aparente de esta actividad humana. Sin embargo, administrar encuentra su verdadero significado en la colaboración entre diversos individuos para la consecución de un fin común."
Por su parte, el término público tiene también su raíz histórica, que en la antigüedad se refería a la función, que se hacía en representación del Estado, para “regular y responder a las demandas y los intereses de la sociedad en su conjunto”(pág.104). Y remata Sánchez (2001) diciendo “El sentido etimológico de la palabra administración pública significa prestar el servicio al pueblo, es decir, al público. La idea se encuentra asociada con la satisfacción de necesidades de carácter público, por lo que tiene un sentido colectivo” (pág. 104)
De ahí en adelante, los autores han hecho referencia al funcionamiento del Estado, su responsabilidad o su relación con la comunidad; pero en todos los casos se refieren a escenarios, ámbitos, campos de acción, acciones o relaciones entre las partes; pero, no entran a considerar, propiamente, algún elemento u objeto que está dentro del escenario o ámbito donde se realiza la relación. Es decir, no precisa el objeto o el insumo de la acción, cuya esencia le imprime el carácter público a la actividad. Es público porque corresponde al Estado; pero no se precisa la especificidad de los productos, tangibles o intangibles, que llegan a la sociedad como resultado de la acción estatal. Es público porque es del Estado y hasta ahí, tal como se contempló desde la antigüedad, sin detenerse a definir las especificidades, el carácter o la esencia de los bienes y servicios que llegan a la sociedad como resultado de la administración pública.
Cuando llegó la privatización en la segunda mitad del siglo XX, el paradigma se tambaleó, tanto que en los años setenta se estuvo hablando de la crisis de identidad de la disciplina. Desde mucho tiempo atrás, el conjunto de propuestas y enfoques era diverso y variado; pero cuando la situación se agudizó, se comenzó a hablar de “crisis de identidad” y más fuerte aun, cuando se introdujo el término de “Estado hueco”. Dice José Sánchez (2001) que “La formación, explicación y resolución de la crisis no ha sido resuelta. Durante las dos últimas décadas, esta crisis intelectual se ha agravado en la administración pública por la propagación de las ideas de la privatización. El movimiento global de la privatización, la reciente glorificación del mercado y la demonización de la burocracia pública propiciaron un considerable cambio en la credibilidad intelectual, normas e integridad de la administración pública como campo de estudio”. (pág. 223)
Con la consolidación del Neoliberalismo como modelo económico, paralelo a la globalización que ha ocurrido ya en el siglo XXI pero que comenzó en el último quinto del siglo anterior, nuevos cambios ocurrieron en la ciencia de la administración pública, como consecuencia de la ola privatizadora de los bienes públicos. Después de Minnowbrook II (1997), nuevos elementos se introdujeron a la conceptualización de la disciplina, conservando los fundamentos existentes desde el comienzo del siglo XIX, pero ajustados a las condiciones del entorno económico y social, no solo a nivel nacional sino en el ámbito global. Entra en escena la Nueva Gestión Pública (NGP) con variantes como el Modelo Westminster en países como Reino Unido y el modelo de la reinvención del gobierno en Estados Unidos.
Como ya se dijo, los ajustes en el enfoque de la administración pública se dan según los cambios en el entorno económico, como ocurrió cuando se abandonó el Cameralismo y la ciencia de la policía a favor de la administración pública, en época que inició el Estado Moderno y el régimen democrático, superando el Estado Absolutista; ahora cuando se produce otra variante en la economía, pasando del capitalismo clásico, con predominio del sector industrial, al capitalismo rentista, con predominio del sector financiero y relevancia de los fondos de inversión como mecanismo de acumulación de capital, nuevamente se producen las modificaciones en la administración pública y surgen: la gobernanza, como instrumento supuesto para concretar la democracia participativa y la descentralización; e igualmente, el enfoque del Nuevo Servicio Público (NSP), diferente a la NGP que también le llaman Nueva Gerencia Pública. Antes, y después de Minnowbrook I, ya iniciado el ataque contra el Estado del Bienestar, se había introducido el tema de las Políticas Públicas, como eje de la administración del Estado y paso intermedio para llegar al Estado neoliberal.
El enfoque de la NGP se alimenta con el paradigma privado. Dice José Sánchez (2001) citando a Shamsul Haque que la administración Pública entró en una crisis de confianza donde “Uno de los indicadores en la declinación de confianza entre la administración pública es la reciente tendencia a remplazar las normas públicas de administración pública por las normas del mercado respaldadas por la privatización. En las décadas de los ochentas y noventas el lenguaje de eficiencia y economía de los negocios de administración dominan el discurso en la administración pública”. No obstante, el mercado nació y está concebido para la operación de empresas privadas y tienen su propio paradigma desde la época de la corriente Marginalista de la teoría económica.
Con la introducción del paradigma privado basado en la teoría del mercado, para abordar la administración pública, toma fuerza el enfoque de la Gerencia Pública, que ha dado pie a varios cuestionamientos, donde se destacan quienes afirman la improcedencia de utilizar los conceptos de la teoría del mercado al pie de la letra, cuando se trata de los bienes y servicios públicos, porque esta teoría se refiere a la demanda y los consumidores, refiriéndose a los bienes privados; mientras que el comportamiento de los mismos consumidores en el mismo escenario, es diferente cuando se trata de bienes públicos; y califica con el nombre de “Gerencialismo”, al enfoque que copia el paradigma privado a “rajatabla”, sin hacer los ajustes pertinentes para aplicar los patrones de mercado en la producción y distribución de bienes y servicios públicos.[4]
Sin embargo, la realidad, es que la privatización es un fenómeno masivo y creciente, que debe tenerse en cuenta para examinar los ajustes a la teoría de la administración pública, que ha sido construida durante siglos, contemplando el manejo de los asuntos de interés general y bien común desde el seno del Estado; siempre, como ya se anotó, en concordancia con las particularidades históricas en materia de economía y diseño del Estado, pero siempre, considerando que lo público es lo que está dentro del Estado. Cuando era la época del mercantilismo y el Estado absolutista, fue un enfoque; cuando llegó el capitalismo clásico de carácter industrial y el Estado Moderno fue otro enfoque; y por supuesto, hoy, cuando ha llegado el capitalismo neoliberal con el Estado de Derecho, debe ser otro enfoque.
La privatización generalizada, con soporte en la doctrina que algunos han llamado “Neo-neoclásica”, posterior al Marginalismo, cuyo exponente más connotado es el austriaco Friedrich Von Hayek y que el alemán Wilhelm Röpke denominó “neoliberalismo”, no es algo diferente al hecho de que lo público se trasladó al mercado; lo público se sacó del seno del Estado y se ubicó en el escenario del mercado. Se trata de que durante varios siglos los bienes y servicios públicos estuvieron a cargo del organismo y que, después de 1980, se han trasladado el mercado, donde se permite que los agentes privados y las organizaciones civiles, puedan intervenir para la producción y distribución de este tipo de bienes. Con ello, surge la separación entre lo público y el Estado y se rompe el acople o identidad que durante tanto tiempo se mantuvo, cuando se consideraba que lo público y el Estado eran una misma cosa.
Para esta época, grandes cambios ocurren en la economía y el Estado: el sector industrial deja de ser el más relevante, la inversión directa de riesgo deja de ser la modalidad preferida de los capitalistas y la red de empresas multinacionales deja de ser la columna vertebral del ordenamiento económico mundial, para llegar a otras condiciones donde se convierte el sector financiero en el más relevante, la inversión en el mercado de capitales a través de papeles de renta fija, la modalidad preferida del capitalista; y la globalización financiera con alta injerencia de los fondos de inversión, pasa a ser la columna vertebral del ordenamiento económico mundial, con libertad monetaria y alta movilidad de los flujos de capital. Ahora se les denomina “inversores” a los agentes del capital, que anteriormente Keynes les había llamado especuladores.
Con ello, el tipo de Estado, que a mediados de siglo se había concentrado en el enfoque keynesiano del Estado del Bienestar, con oferta directa de bienes y servicios a la comunidad, constituyendo un organismo rector de las políticas públicas en el marco de una política macroeconómica basada en el pleno empleo, con control directo del gobierno usando el Banco de la República como instrumento para tal fin, se transforma, ajustándose a las nuevas condiciones económicas.
El Estado, deja de ser oferente directo de bienes públicos y se concentra principalmente en garantizar derechos, según conceptos del antiguo Estado Social de Derecho, que había sido creado por los alemanes en los años treinta del siglo veinte; la política macroeconómica se orienta a la estabilidad monetaria con los correspondientes ajustes en la política respectiva, donde el gobierno deja de ser el rector y la autoridad, la cual se traslada al Banco de la República, que, supuestamente goza de autonomía, pero que por acuerdos internacionales debe someterse a las reglas del juego de la economía global.
La estructura de financiamiento del Estado se modificó; y con ello, la principal fuente ingresos hoy, es la deuda adquirida en los mercados de capitales, mediante la colocación de papeles de deuda que compran los inversores, por lo cual la política fiscal se concentra principalmente en el manejo de la deuda. El servicio de la deuda copa la mayor proporción de los ingresos tributarios, de modo que la situación financiera del organismo no le permite asumir gastos para brindar directamente bienes y servicios públicos, como trataba la administración pública en épocas de antaño.
En estas condiciones, el paradigma de la administración pública, que había transitado durante dos siglos, se debe modificar. Durante todo ese tiempo, incluida la fase de las privatizaciones, el concepto de lo público había tenido una misma connotación, que se refiere a la actividad o acción del Estado y al escenario o campo donde se realiza esta actividad. Así, la administración se refiere al manejo de los escenarios a través de los cuales se materializa la relación Estado-Sociedad, con fines de beneficio al conglomerado humano.
Según la epistemología, disciplina que se encarga de fijar los requisitos para establecer el conocimiento científico, toda ciencia tiene un objeto de conocimiento. Si bien la epistemología actualmente cuenta con dos enfoques: i) por un lado, el denominado “epistemología de la modernidad”, que señala las características del método científico desde la época en que esta teoría se desprendió de la filosofía, en momento que se estaban construyendo las ciencias naturales por allá en el siglo XVIII, y que algunos le llaman epistemología clásica; ii) y por el otro lado, la denominada “epistemología de la postmodernidad”, que se monta sobre la crítica y los cuestionamientos a la primera, y propone algunas modificaciones principalmente en el método. Ambos enfoques aceptan la existencia de un “objeto de conocimiento” o sea una realidad que se pretende conocer con la ciencia, y la obligación de ésta, es la de llegar a la verdad del mismo. Así que en este artículo, el principal motivo para la reflexión y el análisis, ha sido y es, el “objeto de conocimiento de la ciencia de la administración pública”.
Si revisamos la investigación de José Juan Sánchez (2001) en la obra citada, lo mismo que la investigación de Luis Humberto Fernández (2016)[5], vemos que todos los analistas que se refieren al objeto de conocimiento y a las confrontaciones basadas en la realidad del país que examinan, tratan de variantes o aspectos diversos, pero en todos los casos están hablando del objeto de conocimiento. Por ello, cuando llegaron las privatizaciones, se generó una crisis de identidad en la administración pública, que se profundiza con la introducción del paradigma privado y los conceptos asociados a la teoría del mercado. Dice Sánchez (2001) que “Debe revalorarse en el concepto de administración pública, lo público, para iniciar su análisis crítico y su reconstrucción, con relación a distintos significados que no le pertenecen” (pág. 225) y más adelante destaca la necesidad de revitalizar esta disciplina para afrontar el nuevo milenio.
Retomando la anterior frase de Sánchez, de que en el concepto de administración pública debe revalorarse lo público, este escrito considera que es ahí, precisamente, donde está el meollo de la definición del objeto de conocimiento. Si se examinan los términos del debate y las confrontaciones que se han dado durante dos siglos, podemos concluir que: si el objeto de la ciencia se ubica en el concepto de lo público, en lugar de estar en la acción del gobierno y el escenario donde se realiza esta acción, se aprecia con más claridad cuál es el alcance de esta disciplina y se puede precisar con más facilidad el cumplimiento de las reglas epistemológicas para alcanzar la categoría de ciencia. Además, se resuelve la confusión que llegó cuando se generó la privatización. En este caso, es más preciso decir que se trata de la “Administración de lo Público”, en lugar de decir “Administración Pública”; y a la anterior disciplina llamarle “Administración del Estado”, de modo que nos quedaría, por un lado, la Administración de lo Público y, por otro lado, la Administración del Estado. Así, no sería procedente llamarle administración pública, a la Rama Administrativa del Poder Público, o sea a lo que hace el gobierno.
Si consideramos “lo público” como objeto de conocimiento de esta ciencia, teniendo en cuenta los bienes públicos en general debido su localización en el mercado, encontramos lo que señala Ornar Guerrero citado por José Sánchez (2001): “Entre los pueblos indoeuropeos de la antigüedad era de empleo común en sus lenguajes la raíz pul (multiplicidad, amplitud); en Grecia de ella derivó la palabra polis, misma que dio origen a la palabra política; en Roma la raíz pul inspiró la palabra populus (pueblo), adjetivado en publicus (público). Ambas palabras, política y pública, entonces, ostentan una significación de identidad por cuanto que tienen ambas una referencia a lo colectivo, común o conjunto.” (pág. 103).
En el libro de Cerón (2023)[6] se encuentra el siguiente texto:
“El término viene del vocablo latino publicus la
cual a la vez proviene del término populicus que significa lo perteneciente al
populus, este último que se refiere a pueblo. En el lenguaje contemporáneo, el
término puede ser sustantivo o adjetivo, según la connotación que se le
imponga. Los objetos a los que se
refiere el tema de lo público han existido en la humanidad desde el origen
mismo de la especie, pero la connotación que hoy tiene el concepto, apareció
más recientemente como resultado de dos procesos históricos: Por una parte, el
proceso que llevó la concentración de lo público al seno del Estado y por otra
parte el proceso histórico que incluyó en la política a los “nuevos ricos” de
esa época, es decir, aquellas personas sujetos cuya riqueza no provenía de la
renta de la tierra, como la de la aristocracia feudal, sino de la actividad
empresarial, en ese entonces, la actividad manufacturera. Fue el paso de la
sociedad feudal hacia la sociedad capitalista, lo que relevó el concepto y le
dio la dimensión con la que lo conocemos hoy; por cuanto ubicó la dimensión de
lo público en el conjunto de la sociedad, haciendo de este tema un asunto de
conocimiento amplio, como por ejemplo el interés público, las libertades
públicas, la seguridad pública o la opinión pública. Si bien decimos que lo que
llamamos “público” estuvo presente desde tiempos inmemoriales, a lo que hoy se
hace referencia es a su separación del otro campo, el privado, que emerge en la
esfera del pensamiento, cuando surgen capitalismo y liberalismo, después de la
ruptura histórica con los lazos feudales…. En las opiniones callejeras se
escucha pronunciar el término “público” con diversidad de intenciones. Algunas
veces, cuando se hace referencia a un sujeto; otras cuando se trata de un
objeto; y también cuando se hace referencia a un proceso de contacto entre
sujeto y objeto. Se le denomina público cuando se cita a una entidad como
sujeto; también cuando se refiere a un espacio como objeto; y también cuando se
trata de un servicio que un sujeto le brinda a un objeto. Se le llama público a
un asunto donde todos pueden intervenir porque es abierto y a vista de toda la
gente, diferenciándolos con los que son reservados a la privacidad de la
persona y que se tratan en la intimidad o en lugares privados”. (pág.63)
Citando a Modesto Saavedra, Cerón (2023) señala que:
“Ya lo decía Modesto Saavedra de la
Universidad de Granada España en un artículo publicado en la Revista “Derechos
y Libertades” editada por el Instituto Bartolomé de las Casas: “persona
pública, actividad o prestación pública, asociación pública, interés público,
etc., son expresiones en las que el adjetivo público puede tener en cada caso
significados diferentes. Tales significados dependen de aquellas connotaciones
referentes al espacio (y, por tanto, a la visibilidad y accesibilidad), o bien
a la naturaleza de los intereses en juego. Una persona o personaje público
puede merecer tal calificación por el hecho de ser generalmente conocido o
famoso, pero también por tener alguna relación con intereses generales, como es
el caso de la persona que ocupa un cargo en la Administración del Estado. Una
actividad, una prestación o un negocio realizado por una persona puede ser
público por el hecho de estar abierto a todos, pero también por estar al
servicio de intereses generales especialmente cualificados, adquiriendo
entonces la categoría de servicio público. Una asociación puede estar abierta
al público en general, es decir, puede no restringir la afiliación de sus
miembros a un número limitado de personas, y no ser una asociación de carácter
público por no estar vinculada, al menos oficialmente, a interés general de
ningún tipo. Un asunto puede ser de interés público por el hecho de suscitar la
atención de la gente en general, o bien por afectar a un interés general
objetivo y especialmente relevante.”
También se hace referencia a lo público cuando un objeto es apto para
satisfacer el interés público, cuando cumple una finalidad pública, cuando
pertenece a un sujeto público, cuando sirve para uso o disfrute colectivo,
cuando se utiliza en un servicio público, cuando es de alguna rama del Estado,
cuando es necesario para cumplir una función pública o cuando la propiedad es
pública”. (pág.
70).
Como se puede ver, la palabra público tiene varias aplicaciones y en una mirada desprevenida, hasta se produce confusión porque al escucharla, no se sabe a ciencia cierta de qué se está hablando. En todos los casos la referencia es de tipo empírico, descriptivo, superficial, aparente o externo; pero siempre queda el interrogante sobre ¿qué hay detrás de ese objeto que se percibe o se ve por fuera? ¿Cuál es el alma de ese elemento que le imprime el carácter público?
En resumen, acercándose a la mitad de este siglo XXI, la reforma a la ciencia de la administración pública en la postmodernidad, debe referirse al cambio del objeto de conocimiento. Se propone que este objeto sea “el manejo de los bienes públicos”, lo cual implica que se deben realizar otros análisis y reflexiones, para identificar y definir en términos científicos, exactamente, cuáles son los bienes públicos que constituyen el objeto de conocimiento y manejo de la ciencia de la administración. Se sabe que son públicos los bienes de interés general que nos competen a todos, pero aún queda pendiente por caracterizar la esencia de estos bienes. ¿Por qué un elemento, tangible o intangible, es de interés general y compete a todos? ¿Cuál es la esencia o el alma de ese bien que le permite alcanzar esa categoría? Es necesario establecer con precisión, por qué un objeto tangible o intangible, es de interés general y por qué les compete a todos los individuos de la especie, por lo cual se debe administrar científicamente; y así, tendremos claridad sobre la reforma a la ciencia de la administración pública en el postglobalismo, dejando claro que el objeto de estudio de esta ciencia no debe ser siendo el Estado o su campo de acción.
[1]
SANCHEZ, José Juan. (2001). La administración pública como ciencia. Su objeto y
estudio. Editorial Plaza y Valdés. México.
[2]
SIMON, Herbert, (1979). "Un Comentario a 'La Ciencia de la administración Pública'",
RAP, núm. 40 octubre-diciembre de 1979, México. INAP
[3]
SÁNCHEZ, José. Ibidem. Página 111
[4]
Lo preocupante es que en Colomba existen organismos del gobierno que promueven
y fomentan la aplicación del enfoque gerencialista en las entidades del Estado.
[5]
FERNANDEZ, Luis Humberto. (2016). Fundamentos para la Ciencia de la
Administración Pública en el Siglo XXI. INAP. Mexico.
[6]
CERÓN, Miguel. (2023). Fundamentos de Gerencia Pública. Ediciones de la U.
Bogotá
No hay comentarios:
Publicar un comentario