jueves, 17 de abril de 2025

OTRO ENFOQUE SOBRE LA EQUIDAD DE GÉNERO

Mucha fuerza ha tomado al transcurrir el primer cuarto del presente siglo, el tema de la equidad de género, que despegó en los años sesenta del siglo pasado, aun cuando regía la ideología de la modernidad, pero que ahora se ha revestido de los patrones que regulan la ideología de la postmodernidad y con ello se ha acentuado el proceso social que transporta el ideario del caso. 

Al llegar el modelo económico neoliberal, cuya filosofía es la racionalidad del mercado, la relación de los géneros se concentró en el concepto de igualdad, consecuente con los derechos, y armónico con la ideología del mercado, en el que todos los individuos, simplemente hacen parte de la demanda, sin otro aditamento que el de la utilidad marginal. La postmodernidad se divorció de la ley natural, que durante dos siglos fue el trasfondo ideológico de la modernidad, para imponer la argumentación de la igualdad, basada en el tema de los derechos individuales, que, supuestamente, todas las personas poseen, independientemente de las oportunidades que en la vida social puedan disponer. 

El enfoque de las relaciones intergénero, entonces se concentró en la igualdad de la mujer frente al hombre. Contando con que, durante más de cinco mil años, el hombre se había impuesto por encima de la mujer, aprovechando sus capacidades físicas musculares. Los movimientos feministas se han empeñado en esa consigna, de que la mujer iguale al hombre, en todos los papeles que la organización social permite, siempre regidos por la ideología, propia del modo de producción capitalista. 

Pero, ya en el tercer decenio del siglo XXI, ha surgido otro enfoque, que se gesta en los principios de la antropología biológica, y que se nutre con argumento de carácter natural, basado en los conceptos biológicos que determinan las características de las especies vivientes. Ya no es la ley del mercado la que sustenta las relaciones de género, sino la ley de la naturaleza y las condiciones que biológicamente se imponen en el rol de cada género, en el marco de la vida social. En lugar de proponer igualdad entre los dos géneros, se propone la división del trabajo y la especialización, con base en los atributos que la naturaleza le instaló a cada género, y que se reflejarían en los roles que cada uno desempeña en el seno del conglomerado social. 

La naturaleza instaló en la mujer la máquina de fabricar vida y los accesorios complementarios para conservarla; y la misma naturaleza, instaló en el hombre los instrumentos necesarios para protegerla. En el primer caso, está la reproducción de la especie, complementada con la sabiduría, el instinto, la intuición y la bioenergía; y en el segundo caso, están la agilidad, la velocidad y la fuerza física. Así que, en el campo social, a la mujer le correspondería los roles donde se necesite intuición, instinto y sabiduría y a los hombres donde se necesite fuerza y agilidad. 

Con base en estas apreciaciones, la propuesta sobre relaciones entre los géneros sobrepasa la igualdad y se concibe en el marco de la equidad, ya no entendida con el criterio de las oportunidades, sino con el criterio de la ley natural, es decir, con los argumentos derivados de la biología, o sea los atributos derivados del diseño biológico de la especie. Como quien dice: el zapatero a sus zapatos. Según esto, no puede haber igualdad de género, sino división del trabajo y especialización, con base en el papel de cada uno, en materia de conservación de la especie del homo sapiens sobre el globo terráqueo: la mujer, creación y conservación de la vida utilizando la intuición, el instinto y la sabiduría; y el hombre, protección de la viuda utilizando la fuerza, la agilidad y la velocidad. 

En tal sentido, y considerando que el Estado y la economía son también instrumentos creados por la ley natural para el mismo fin, de conservación de la especie, el manejo o administración de estos instrumentos, tendría que reflejar la misma división del trabajo: la mujer en la definición de políticas, entendidas estas como pautas y criterios para tomar decisiones, y el hombre, en ejecución de las políticas, o sea en la realización de las decisiones ya tomadas. Por supuesto, esto significa profundización en el análisis y, sobre todo, el examen de la viabilidad cultural, después de cinco mil años de existencia de los patrones mentales que han regulado la relación intersexual, para establecer la razonabilidad y justeza del otro enfoque sobre la equidad de género. 

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