La presencia del virus, que nace en el marco de la ideología de la
postmodernidad, es decir cuando en los patrones de conducta humana rige la ley
del mercado por encima de la ley natural, y con la existencia de algunos
multimillonarios perversos e inhumanos capaces de patrocinar cualquier
depravación, surgen casos como este que estamos viviendo, cuyas consecuencias
afectan a toda la humanidad y produce profundas modificaciones en las
estructuras que soportan el funcionamiento social.
La economía ha tenido profundas transformaciones en corto tiempo. La
conformación de la demanda ha sido alterada substancialmente por el surgimiento
de nuevas necesidades humanas, por cambios en los sistemas de distribución y
por supuesto, por las afectaciones en los ingresos familiares, con serias
repercusiones en la subsistencia de la gente. No solo la necesidad humana de
salud, sino también las otras necesidades que componen la integralidad
individual, como alimentación, vivienda, educación, saneamiento, recreación,
ocio, afecto, integración, participación, solidaridad, además de los
requerimientos espirituales o intangibles que alimentan el alma, están
afrontando procesos deteriorativos que, seguramente, traerán consecuencias profundas
no solo en la calidad de vida familiar sino en el total de la estructura
social.
Con ello entonces se requiere de mecanismos colectivos suficientemente
potentes para amortiguar las consecuencias reales de la cuarentena, además de
los efectos mentales que traen la intranquilidad, la zozobra y la incertidumbre
que hoy se vive. Quedarse en casa no basta. Es una medida para el tema de la
prevención de la enfermedad, pero no es solución para el resto de necesidades
humanas afectadas por la pandemia. Las oraciones y la fe en Dios, seguramente
alivian los requerimientos espirituales, pero no son suficientes para
solucionar en forma inmediata los componentes materiales de la vida humana.
Desde tiempos remotos, cuando nació el Estado, siempre este organismo ha
sido el encargado de velar por el bienestar de sus asociados utilizando su
capacidad jurídica e institucional, por lo cual ahora se tendría que pensar que
el único medio adecuado para afrontar la coyuntura y regular las consecuencias
futuras, es este organismo; pero, surge el interrogante si en Colombia tenemos
el Estado apropiado para afrontar la pandemia y salvar la sociedad que rige. Y
complementariamente, si el país cuenta con una administración del Estado que
tenga las políticas públicas capaces de responder por los problemas sociales
que objetivamente ha ocasionado el fenómeno sanitario.
Pensemos, si un Estado cuya única misión es hacerle el negocio a los
especuladores internacionales del dinero utilizando sus préstamos para
financiar las finanzas públicas y dedicado, casi con exclusividad, a pagar
cumplida y prioritariamente el servicio de la deuda, es capaz de responder por
el bienestar de su comunidad. Y también reflexionemos sobre, si unas políticas
de gobierno que privilegian el sector financiero en concordancia con el modelo
económico imperante y las imposiciones de los organismos multilaterales, tiene
la capacidad y los recursos para responder a las necesidades humanas de las
clases más pobres de la población, azotadas por el desempleo, que sumando todos
los tipos, abierto, subempleo y disfrazado, sobrepasan el 50 % de la población
económicamente activa. Raciocinemos si un modelo económico basado en la privatización
de los bienes públicos, que entrega estos bienes a las ganancias de los empresarios
inescrupulosos mercaderes de lo público, tiene las condiciones para solventar
el paquete de las necesidades humanas de todos los individuos de la comunidad.
En fin, toca pensar si lo que tenemos hoy es propiamente el Estado de la
cuarentena.
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